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viernes, 26 de mayo de 2017

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 28 de mayo,Solemnidad de la Ascensión del Señor

SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

Es Cierto que tanto los relatos del evangelista Lucas, como la iconografía no ha hecho un gran favor a la autentica Ascensión del Señor, al misterio de la Ascensión del Señor, puesto que en todos se manifiesta en separación física entre “Él que se va al cielo, a la diestra de Dios Padre” y nosotros nos quedamos con dos palmos de narices y solos. Es cierto que se nos dice que volverá a nosotros al final de los tiempos a llevarnos con Él, pues muy largo nos lo fían. Esta mañana he echado manos a mis antiguos libros y en la enciclopedia de teología Sacramentum Mundi (que ahora se la considera obsoleta, pero que tuve que comprar a plazos y me sentí muy feliz al tenerla), y he leído un artículo del actual papa emérito Benedicto XVI, en aquel tiempo un joven teólogo, que deja las cosas muy claras. La Ascensión del Señor, es recuperar en plenitud y sin limitaciones su divinidad, sin desprenderse de su cuerpo resucitado y glorificado en esa resurrección. No se va se queda con nosotros pero nos acompaña sin limitación de tiempo y espacio. Cristo glorioso y ascendido-plenificado, puede mantener su presencia real en la eucaristía, en cualquier parte del mundo y al mismo tiempo. En el mismo momento. En el corazón de cada hombre de buena voluntad, con la totalidad de su humanidad y su divinidad. O lo que es lo mismo. Pero la verdad es que la Ascensión del Señor, es el inicio de nuestro tiempo. Es comenzar a hacer efectivo ese mandato de Jesús que no muestra en el evangelio de Marcos: “Id por todo el mundo y bautizad en el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu santo, enseñándoles todo los que os he mandado”. Pero termina con la maravillosa afirmación: “Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos” (Mt. 28, 19-20). Los discípulos lo entendieron perfectamente. A partir de aquel momento, y con la fuerza del Espíritu recibida en Pentecostés, se extendieron por el mundo, fueron creando comunidades, que a su vez, creaban otras comunidades. Y a esa misión no se le puso precio, hasta tal punto que está regada con la sangre de miles de mártires, que siempre entendieron y tuvieron claras dos cosas. Que la misión que les indicaba Jesús era inaplazable y que valía menos que su propia vida. Por lo que no se podían quedar plantados mirando al cielo. Es la actitud típica de muchos cristianos, de muchísimos. Pretender evadirnos del aquí y del ahora y de nuestro compromiso, esperando que el cielo soluciono, lo que el cielo espera que solucionemos nosotros. La Ascensión del Señor es el inicio de la misión, una misión que no ha terminado todavía. Pues nosotros hemos recibido el testigo de aquellos que lo recibieron de Jesús y de los que los siguieron pasando. Pero anunciar hoy el Reino, no vale con palabras piadosas de gen buena que reza mucho y que va mucho a la Iglesia. Anunciar hoy el Reino ha de hacerse con la vida y la palabra. Con la palabra parece ser que no es suficiente, os habéis fijado lo bien que hablan todos esos que están en la cárcel por robar. Lo importante es vivir lo que decimos, porque evangelizar es mucho más que decir cosas. N vale decir que Jesús ha resucitado y estamos muy contentos, hace falta el testimonio de esa comunidad que los proclama vivo. Una comunidad liberada de egoísmos, que se empeña hasta lo imposible por el bien de los hermanos. Anunciar el Evangelio es luchar para que haya menos pobres, menos analfabetos, menos ancianos abandonados, menos enfermos sin asistencia. Una justa distribución mejor de os bienes de la tierra… Y todo esto comienza hoy, cuando Jesús nos dice que nos envía por el mundo y nada de quedarse plantados mirando al cielo.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 19 de mayo de 2017

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 21 de mayo, Sexto de Pascua

SEXTO DOMINGO DE PASCUA
Si ha habido un extracto de la totalidad de la Palabra de Dios de un domingo es la segunda lectura de esta semana. Pedro va marcando lo que ha de ser el corazón de un creyente en Jesucristo. Alguien que tiene un estilo totalmente distinto, sin un sentimiento de venganza, de resentimiento ante los daños recibidos. Alguien que no se acopla a esta sociedad vulgar y mundanizada, en la que el consumo “selecto” es lo que da el talante y la altura de cada sujeto. Una sociedad en la que estamos “el tiempo que debamos estar” con Cristo, y pasado ese tiempo ser uno más de este maremagnum social en el que todo está revuelto. El más ateo aplaude al papa (sin dejar de ser ateo), el creyente lucha por consumir, ellos y los suyos, cada día más y mejor.
Pedro dice que no hay que confundirse, es vivir al estilo de Cristo, como Cristo. Dejándose de clases, con este Cristo que ha muerto por todos, pero especialmente por lo pecadores, por los que lo desprecian. Sin miedo a padecer como Cristo lo hizo por nosotros.
Hemos fabricado un mundo en el que nunca se ha hablado más de derechos. Y nunca ha habido más gente a la que se le niegan los más elementales derechos. Pero lo peor de todo es que lo vemos de un modo natural.
Países desarrollados, con todos los medios, en la que vemos manifestaciones inmensas contra el político de turno, porque hay un derecho que no se está desarrollando en su plenitud. En una ocasión vi una manifestación en defensa del lince ibérico, que comparto que ha de ser protegido. Y estas mismas personas llamaban fascistas y retrógradas a una manifestación que quería impedir el aborto, defender la vida del no nacido.
Pero tampoco vemos manifestaciones de la “progresía” defendiendo los derechos de esos países, a los cuales se les esquilma para que podamos tener los últimos adelantos. Parece ser que nadie se siente intranquilo ante esa pobreza y esa muerte. Los vemos hablando de la corrupción de este o aquel, durante horas y horas. Pero sin dedicar ni un segundo a la corrupción de estos nuestros países que está matando de hambre y enfermedad. Ya que ellos son los primeros beneficiados del sistema.
La única condición que pone Jesús para ser de los suyos es el amor. Pero el amor de Jesús, amar como Él ama. Y cuando dice a sus discípulos que ellos si conocen al Espíritu, es por lo conocen a Él, porque saben como Él ama, porque lo han visto entregar su vida. Por eso ellos saben que no se van a quedar desamparados, ya que ellos aman como Jesús y dan su vida como Jesús. Y ese fue el modo de todos los que los siguieron.
Por eso se me ocurren unas reflexiones:
-Me he mirado realmente en el interior y amo como Cristo me marcó?
-Tengo un talante distinto al resto de la sociedad, sobre todo cuando miro a todos los hermanos más desposeídos?
-Estoy a la escucha de lo que en cada momento me marca el Señor, aunque me descoloque en mi burguesía existencial?
-Creo realmente en el hermano. En sus capacidades y sus posibilidades y las potencio, a la unque ello conlleve el que yo quede algo más devaluado?
Podíamos hacernos un sinfín de preguntas y plantearnos un sinfín de cuestiones. Cristo nos hace una invitación a ser signo en mitad de nuestro mundo, con nuestra forma de ser y de actuar. No sólo anunciar la Buena Noticia que nos ha traído el Señor. Sino que eso lo concretamos con un estilo de vida, en el que siempre y por encima de todas las cosas, buscamos el bien y la felicidad del hermano, pero de un modo especial de ese hermano al que sociedad da de lado.
Santiago Rodrigo Ruiz

sábado, 13 de mayo de 2017

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 14 de mayo, Quinto de Pascua

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Recuerdo en una ocasión en que un chico, de unos treinta años, intentaba demostrarnos una idea suya. Pero se hizo tal lío que no nos enterábamos hasta que uno de grupo le dijo: .-Tu problema es que quieres todas las ideas al mismo tiempo y seguir todos los caminos que ves, creo que tienes que elegir para no volverte loco, ni a nosotros-. El otro se le quedó mirando, dio media vuelta y se fue murmurando por lo bajo.
A muchos de nosotros nos pasa lo mismo, queremos seguir varios caminos al mismo tiempo y hacer conciliar ideas y situaciones contradictorias. Esto nos hace daño y nos introduce en un maremagnun que nos hace sufrir.
Sin embargo lo tenemos muy fácil. Cristo está frente a nosotros, en él se concentra todo lo que podemos necesitar, todo lo que podemos anhelar en nuestro deseo de felicidad, todo lo que podemos ser.
Cristo es el camino, la única ruta que podemos andar en la que nos sentimos seguros, en la que los peligros los ha eliminado él con su muerte y su pascua, en que la meta está clara, la vida eterna. Cristo es el camino que andamos todos juntos, el camino hacia la fraternidad, el camino en el que nunca estaremos solos, porque está Él, porque están todos los hermanos. El camino que andamos pues es la única senda que nos puede llevar al Padre.
Cristo es la verdad, ya que en Dios no cabe la duda, nos aclara cada uno de los pasos que hemos de dar. En Cristo no hay incertidumbre, no hay posibilidad de error y estamos en el auténtico, el único, estilo de vida. Es la verdad que nos destapa la voluntad de Dios para todos y cada uno de nosotros, lo profundo de sus sentimientos, la Palabra verdadera que limpia nuestro ser de duda sobre cual es nuestro futuro. Es la verdad de Dios, el sentido del universo y de su historia. Cristo es la verdad que nos permite acercarnos a él sin zozobra, porque por medio de él sabemos del amor hacia nosotros desde el principio de los tiempos. Verdad que nos hace libres, pero libres en toda la intensidad de la libertad real y que nos permite mirar a Dios cara a cara.
Cristo es la vida. La vida que brota a raudales desde aquel momento en que el universo inicia su marcha. La vida que se inicia con Cristo y que concentra en él el sentido de todas y cada una de nuestras vidas. La vida vivida para acercarnos a Dios. Cristo es la vida entregada por puro amor para que desde la cruz pase a la pascua y elimine todo el poder de la muerte. Cristo es esa vida digan de vivir saboreando cada instante, absorbiendo cada bocanada de nuestra existencia. Cristo es la vida que nos da la fuerza para sentir cada segundo como si fuese el único. Cristo es la vida entregada, y que nos dice que sólo podremos apurar nuestra vida si la entregamos, si la damos por puro amor, porque es cuando es realmente nuestra.
Si el egoísmo nos aferra nos quedamos sin nada, pero si nos entregamos de verdad, como lo hizo Él, seremos dueños de nuestra existencia. El tiempo dado al hermano es el tiempo que vivimos con más intensidad, porque lo vivimos desde ese amor que plenifica todas las cosas, el amor de Dios que se ha derramado sin medida sobre nosotros. Aceptándonos tal y como somos, depurando nuestras deficiencias para que seamos realmente personas.
Cristo, camino, verdad y vida. La plenitud en el amor, la felicidad más perfecta e inagotable, porque somos parte de su propio ser.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 12 de mayo de 2017

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 7 de mayo, Cuarto de Pascua

CUARTO DOMINGO DE PASCUA
Es cierto que la imagen del pastor hay que explicarla un poco, porque ya no son tiempos en que los rebaños crucen las calles, como en mi infancia, cuando se sentían los cencerros de los carneros y los silbidos de los pastores. Algo que se repetía al atardecer cuando regresaban. Todos sabíamos que el pastor había estado todo el día pendiente de las ovejas, que tuvieran buenos pastos. Aguantando el calor o el frío, a veces debajo del aguacero, pero no se movía porque sabía que era el mejor pasto, no le importaba aguantar la lluvia y el frío. Todos los días, sin fiestas, a veces enfermo, pero salía un día y otro, porque sus ovejas lo necesitaban.
Pero el ejemplo vale igual que entonces, es quien da la vida por sus ovejas. Cuando me cuentan como Gregorio está casi como un vegetal, como se está apagando a marchas forzadas, entiendo todo. Su trabajo de tantos años, sus sufrimientos de los últimos años, al ver como desaparecía lo que había levantando durante años. Es ver al pastor que no se ha reservado en nada. A su modo y manera lo había entregado todo. Tanto que su mente no lo ha resistido. Como no lo puedo aguantar el corazón de su hermano.
Así lo expresa Pedro en aquel Pentecostés, cuando les dice que el mismo Dios ha dado su vida por ellos, que no se ha reservado nada. Que ha resucitado porque ante Él la muerte no tiene espacio. Pero tanto así que es una vida que nos regala a manos llenas. O en la segunda lectura. Cuando afirma que quien no conoció el pecado, cargó con las culpas y las causas de nuestros pecados.
Jesús es el Buen Pastor, el que no abandona ninguna oveja. El que da la vida por sus criaturas, el que carga con el sufrimiento de los que le han sido confiados. No escatima sufrimientos, martirio y muerte del modo más horrible. Porque él sabe que le han sido confiados, que a sus criaturas tiene que ofrecerles la vida eterna. Y si ello conlleva su propia muerte, para desde su muerte destruirla, lo asume. Solo, abandonado por los suyos, aquellos de los que confiaba, como decía hace poco. Pero resucita y se pone al frente, y les dice que es la puerta, la única puerta para pasar a la vida eternal que ha conseguido con la entrega de su propia vida. Por eso es el único pastor, Señor de la comunidad.
Y es este el día en que se no pide que recemos por las vocaciones consagradas, por aquellos que han decidido hacer de su vida un servicio a los demás. De ser pastores que ayudan a los demás, desde el carisma que el Espíritu Santo ha dado a cada uno.
Personas con sus grandezas y sus miserias. Con lo que tienen de Dios y lo que tienen de barro. Acertando en algunas ocasiones y en otras no. Pero siempre dependientes de su comunidad, que cuando lo deja solo se quedan sin nada. Oración por estas personas, oración por las comunidades cristianas.
Porque es una misión que recibimos todos el día de nuestro bautismo, cuando nos ungieron con el Santo Crisma. Ser pastores de nuestros hermanos. Que sus sufrimientos y alegrías no nos sean indiferentes, que somos responsables unos de otros, para formar esa gran familia.
Jesús es el Buen Pastor, y con Él todos nosotros, Conociéndonos como Él nos conoce a todos, amándonos como Él nos ama a todos. Siendo sostén unos de otros, como Él es sostén nuestro en nuestro momentos bajos, en nuestros momentos de dolor y miseria, amándonos con todas sus fuerzas, como sólo Él sabe amar, sin límites, sin guardarse nada para sí mismo
La Iglesia pide que recemos por nuestros pastores, personas frágiles y necesitadas como todos, que podían haber tomado otro camino, pero que han tomado este. Y en este camino, repito, precisan de su comunidad. Sin exigirles la perfección. O si no miremos en lo más profundo del alma de cada uno.
Santiago Rodrigo Ruiz

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 30 de abril, Tercero de Pascua

DOMINGO TERCERO DE PASCUA
Siempre que me enfrento a este fragmento del Evangelio veo la celebración de la primera Eucaristía de la historia. O si no miradlo: Dos de los discípulos van por el camino, desencantados y decepcionados. Aparece Jesús resucitado a quien confiesan esa situación. Él les explica las escrituras y les hace ver como toda la Historia de la Salvación ha estado hablando de esto, ha estado preparando este momento. Esto va haciendo que sus entrañas se remuevan. Sientan dentro de ellos el calor del Espíritu. Por eso no le dejan seguir adelante y le piden que se siente a la mesa con ellos. Él hace la acción de gracias, les reparte el pan y desaparece.
¿A dónde se ha ido? A ningún sitio, esta dentro de ellos, que lo han recibido con el pan. Por eso se llenan de alegría y vuelven presurosos a compartir con los hermanos el maravilloso acontecimiento que han vivido. Pero ya vuelven sabiendo que Cristo los acompaña, que nunca se separará de ellos, que será uno con ellos. Por eso le dicen a los hermanos que lo reconocieron al partir el pan, como lo reconocerán por los siglos de los siglos.
Porque su problema era muy serio. Ellos la idea de Jesús que tenían era la de un profeta poderoso de palabras y de obras, el futuro líder de Israel. No se habían imaginado el Mesías de verdad, sencillo y humilde, que su vida y su muerte es una ofrenda voluntaria por la liberación total de los hombres. Que su reino no era el del poder sino el del amor fraterno. Por eso no habían reconocido a aquel hombre extraño que se les había unido por el camino.
Porque aquel camino era un viaje de derrota. Por eso no pueden reconocer al Jesús de la vida, del triunfo sobre la muerte que se les une. Al que explican todo, pero desde su óptica derrotados. Incluso lo de las mujeres que habían visto el sepulcro vacío. Hablan y hablan de la ilusión perdida, del fin de aquellos planes que se habían hecho. Ellos querían un Mesías a su medida, no a la de Jesús.
No creamos que nosotros estamos tan lejos de los viajeros de Emaux. Queremos a un Dios a nuestra medida. Un Dios que plenifique nuestras vidas, que las llene de gozo, pero a nuestra medida, a nuestro estilo. No a la medida de Dios, no como Dios quiere realmente. Por eso tenemos tantos problemas de fe. Como los viajeros de Emaux. No es el Dios que queremos, no es el Dios que nos conviene. Nos descoloca, hace que se tambalee nuestra fe, a la que queremos hacer coincidir con una vida perfectamente burguesa y maravillosamente acomodada. Primero nosotros y los nuestros. Segundo nosotros y los nuestros… Y Dios tiene que acoplarse para no descolocarnos, claro, así las cuentas no salen nunca. Y nos aparecen tremendos problemas de fe y, como aquellos viajeros, no reconocemos a Jesús que camina a nuestro lado.
Pero si lo dejamos que Él se acerque a nosotros, que nos plantee lo que realmente espera de nosotros, a su manera, según el designio que tiene para nosotros desde el principio de los tiempos. Una vida de entrega y de servicio como la suya. Pero de entrega alegre, de servicio gozoso, al hermano y con el hermano.
Entonces si que lo reconoceremos. No sólo el la Eucaristía, en la fracción del pan, sino en cada instante y en cada rincón de nuestro ser y de nuestro vivir.
Es cierto que siempre aparecerá el misterio, la duda de si nuestro actuar y nuestro vivir es según Cristo o lo estamos “domesticando”. Pero será una tensión maravillosa, si vemos que somos capaces de estar “descolocados”, maravillosamente descolocados porque hemos hecho el servicio al hermano, y cuanto más despreciable y más marginado, más hermano, estaremos que el que camina a nuestro lado es Jesús. Vivo, resucitado, que nos resucita cada vez que pecamos y volvemos a Él. Sin consentir nunca, pero nunca, nunca, dejarnos abatir, dejándonos llenar de la alegría del Espíritu, alegría de quienes han hecho de sus vidas un camino acompañados por Jesús, pero reconociéndolo vivo.
Santiago Rodrigo Ruiz

domingo, 30 de octubre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del martes 1 de Noviembre, Solemnidad de Todos los Santos

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

Hoy no comienzo como siempre, sino con la sensación que tuve cuando entré por vez primera en la capilla de los Mártires. Llevaba meses diciendo misa en La Salle y fue casual. La vi en la semi-penumbra que tiene, no sabía donde se encendían las luces. Pero me golpeó con fuerza, allí había algo muy impactante que no te permitía estar indiferente. Fui leyendo los nombres sin saber quien era quien, pero consciente de estar ante las reliquias de unos hombres que habían dado su vida por su fe en Cristo, por su fidelidad a Cristo, por esa consciencia clara de que su existencia sólo tenía sentido sin dejar el camino que les marcó su padre, San Juan Bautista de la Salle. Del mismo modo el empleado y el Capellán de la casa, en ocasiones párroco de Griñón.
Por eso cuando vi el vídeo de la ceremonia en la que eran elevados a los altares, eran puestos ante todo el pueblo de Dios como ejemplo y referencia de santidad, entendí mi primera sensación en la capilla de sus reliquias. Eran de esos que habían lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero, como dice el Apocalipsis.
Estamos en la fiesta de Todos los Santos, los que han ido por el camino que Dios les había marcado. Aquellos a los que las dificultades de la vida no les asustaron. Aquellos a los que el sufrimiento no les anonadó, ni los hundió en la desesperación. Aquellos a los que las alegrías no les ensoberbecieron ni les apartó de la realidad.
La fiesta de los que con su cruz, llevada con alegría, acompañaron a Cristo, fueron acompañados por él. Los que le pidieron ayuda cuando les faltaban las fuerzas, pero al mismo tiempo siempre con la mano y el alma tendida para ayudar al hermano que desfallecía por el camino.
La fiesta de los mejores hijos de la Iglesia. La Iglesia fortificada en la sangre de los mártires. Iglesia valiente en sus misioneros. Iglesia sabia en aquellos que pusieron su mente y sus posibilidades al servicio de la Palabra de Dios. Iglesia mística en tantos orantes, para los cuales la contemplación del Misterio Divino era su pan y su aire.
La gran muchedumbre anónima para nosotros, pero reconocida, con los nombres y apellidos de cada uno, por Dios. La gran muchedumbre que desde Pentecostés han ido cimentando lentamente la única Iglesia sobre la roca de Cristo. La gran muchedumbre fiel, siempre fiel al sucesor de Pedro y a los sucesores del resto de los apóstoles, siempre fiel a la palabra y al magisterio de la Iglesia.
Pecaron y lo supieron, y eso les animó a reconciliarse y estar en un constante camino de perfección. No fueron de perfectos, sino que necesitaron y suplicaron la misericordia de Dios, desde la humildad de quien sabe que ante Dios sólo cabe la adoración y la súplica.
Pero por encima de todo, gente que saboreó el amor de Dios en toda su intensidad, y supieron que ese amor los desbordaba y tenían que transmitirlo. Por eso sufrieron amando, rieron amando, lucharon amando y vencieron amando. Y en esa victoria se nos fue marcando el camino que nos lleva al amor del Padre.
Este comentario lo escribí hace tres años y no he querido cambiar nada. El sábado, durante la Eucaristía que inauguraba el centenario de la llegada de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, vamos La Salle. En el ofertorio se aproximó el hermano Satur con un cuadro con los mártires y se colocó entre las flores del pie del altar, fui consciente de qué era lo que había sostenido esa obra durante cien años y lo que nos sostiene a nosotros día a día. Esa santidad que emana de Dios y que han extendido tantos y tantos que han entendido cuan es el camino de la perfección. Saber que el amor de Dios no nos deja nunca, el amor perfecto, el amor único, es decir, la santidad, a la que hemos sido llamados y en la única que encontraremos la dicha perfecta y por la que vale la pena dar la vida.
Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 28 de octubre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 30 de octubre, Trigésimo Primero del Tiempo Ordinario

DOMINGO TREINTA Y UNO DEL TIEMPO ORDINARIO
Dios no cesa de llamar a todos los corazones, porque a todos quiere acogerlos en sí mismo. Quiere que todos se identifiquen con su persona y con su amor, que todos sepan que en él hay un espacio seguro de paz.
Y por eso comienza con la reconciliación, con un hacer las paces con todos. Las paces con Dios que nos quiere arrepentidos, pero a su lado. Las paces con el mundo, que nos necesita para seguir perfeccionándolo, haciéndolo más habitable, más fraterno. Las paces con el prójimo, al que nuestro egoísmo y nuestro desprecio sumieron en el dolor. Las paces con nosotros mismos, que cuando nos vamos librando de la suciedad del alma, va apareciendo ese ser bello que surgió de las manos de Dios.
Dios llama a Zaqueo y éste siente que dentro de él todo ha cambiado. Lo ha llamado el Señor, y se queda perplejo cuando le dice que quiere estar con él, en su casa, en su intimidad. Sentarse a su mesa, compartir su vida cotidiana, por lo cual lo que sigue a continuación es lo lógico. En su casa ha entrado el Señor, la bondad más absoluta y ya el mal no tiene espacio. Hay que desterrar toda ambición, todo egoísmo, toda injusticia. Y ese espacio ha de ser llenado por la generosidad y la humildad, ha de imponerse la justicia, pero no cualquier justicia, sino la justicia según Jesús, la justicia que brota de un corazón que se ha descubierto amado por Dios.
Recuerdo en una ocasión una mujer hablaba de que veía a la Virgen, otra le dijo que era imposible ya que la veía tan tranquila: .-Porque si yo veo a la Virgen, me cambian hasta los andares-. Le dijo a la otra.
Y es lo que le pasa a todo el que tiene un encuentro de verdad con el Señor, “le cambian hasta los andares”, como le pasó a Zaqueo, su vida dio un vuelco total y definitivo.
Dios llama a todos los corazones. A los de los santos y a los de los pecadores, pero quiere que la primera respuesta a esa llamada sea el cambio y la conversión. Invertir todos los valores que hasta ese momento nos han mantenido y transformarse a esa vida según Dios.
Una vida que tiene como programa y referencia las bienaventuranzas. En el que el perdonar es un gozo, el compartir una alegría, el luchar por la paz y la justicia, una necesidad.
En muchas ocasiones va a ser duro y doloroso, como lo es sanear una herida, pero una vez pasado ese momento comienza la curación, la alegría de esa vida en la que no miramos hacia atrás, no vale la pena añorar una vida que me separaba de Dios, sino adelante, al futuro más luminoso.
Porque aunque nos parezca mentira, aunque suene a casi imposible, este caso se da constantemente en nuestra vida. Cristo nos llama una y otra vez, siempre que pecamos, siempre que nos mantenemos obstinados en nuestro error. Ese error que se repite tanto, el de pensar que nosotros no pecamos, que nuestra vida cómoda y burguesa es lo normal. Aunque recemos, aunque colaboremos en este o en aquel apostolado o hacer pastoral. Cristo nos quiere a nosotros, pero a nosotros, no nuestras cosas, todo eso de lo que nos hemos ido rodeando y que se ha convertido en una barrera entre Él y nosotros. Nos llama, quiere sentarse a nuestra mesa, no una rica mesa llena de manjares que nos separan del hermano necesitado, sino con el pan sencillo, ese pan que iguala y que hermana.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 21 de octubre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 23 de octubre, Trigésimo del Tiempo Ordinario

DOMINGO TREINTA DEL TIEMPO ORDINARIO
Hay que reconocer que es bastante fácil rezar. Nos ponemos en trance, elevamos la vista, y decimos cosas y cosas, muy bonitas la mayoría. Terminado el rezo seguimos con nuestras cosas tan campantes. Pero, en la mayoría de los casos cuando esas palabras salen de nuestra mente y de nuestros labios se esfuman. Están vacías, no transforman nuestra vida, no nos sacan de nuestro egoísmo ni de nuestra burguesía, justifican nuestro estilo de vida en este mundo que sangra de hambre y de dolor. Nuestro ambiente lo vemos natural. Como el fariseo salimos del templo felices como perdices, pero con el alma igual de seca que la entramos.
Hacer oración, rezar de verdad, es muy distinto. Porque es hablar con Dios, es una conversación entre desiguales. Un pecador ante la mayor santidad. Un ser mediocre ante la perfección absoluta. Una pequeña criatura ante el Hacedor del cielo y de la tierra.
Por eso lo primero es agachar la cabeza, reconocer nuestro pecado y suplicar la misericordia a la que no tenemos derecho y que se nos da como don. Ver en Dios a ese Padre que nos mira con amor y con exigencia. Un Dios que nos pide la conversión, el cambio de esos valores egoístas que nos hemos creado, por aquellos que nos hacen crecer como imagen suya. Un Dios dispuesto a acogernos con amor si venimos de la mano del hermano, del más pobre, del más necesitado. Con vergüenza por nuestra insolidaridad, por nuestro sentirnos con derecho a todo y sin más obligaciones que las que nosotros queramos y que no nos descolocan de nuestro cómodo estilo de vida.
Orar a Dios y con Dios, bebiendo de la fuente de su amor y su misericordia para ser trasmisores de ellas. Despojados de ese pecado que el demonio nos enmascara y nos lo presenta como piedad y virtud.
Rezar viviendo la vida de Cristo, con Cristo, como Cristo. El que se muestra como siervo sufriente por nosotros. Sin alardear de su ser Dios. Con la cruz que va aumentando con nuestras faltas y nuestros pecados.
Rezar como el publicano, hambrientos de perdón, de cambio de vida, del calor de ese Padre que me quiere, pero con mi hermano sufriente al lado, curando, ayudando, compartiendo, en paz y fraternidad con él.
Y si no somos capaces de dar ese paso de conversión definitiva, al menos sabiendo que vivimos en un estado de pecado. Que no lo solucionan los rezos, por muchos “gloriapatris” que echemos. Sino Con corazón quebrantado y humillado (Ps. 50), el que nunca rechaza Dios y que valora infinitamente más que nuestros rezos y devociones.
De siempre he sido muy madrugador, por lo que hago las “laudes” de noche y veo amanecer por la ventana y casi siempre me digo, cuanto más viejo más veces: “Otro día que me regalas para hacer el bien, para transformar el mundo, para hacer que los hombres se quieran un poco más, se perdonen un poco más, sean un poco más pobres, más mendicantes ante ti”. Y fijaros, cuando todos los días termino esa reflexión no me queda más remedio que ver que si no me siento mendicante ante Dios no iré a ningún sitio. Se lo decía a un cura recién ordenado que no paraba de dar consejos y de “dirigir” a unos y a otros como ha de ser su vida, si tú no has vivido aún, sólo trasladas los libros que has leído y que te han gustado. Póstrate humilde, ve tus miserias, la bondad de Dios y será distinto.

Santiago Rodrigo Ruiz

sábado, 15 de octubre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 16 de octubre, Vigésimo Noveno del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTINUEVE DEL TIEMPO ORDINARIO

La oración es un diálogo íntimo con Dios, un diálogo cercano intenso, fraterno. Y su fruto es precisamente ese, la cercanía y la intimidad con Dios, la cercanía y la intimidad con alguien a quien amamos y por quien nos sentimos amados.
Cuando uno busca a un amigo para tomarse un café o unas cañas, no es por el café ni por la cerveza, la tenemos en casa o la podemos tomar solos. Lo hacemos por la cercanía, por el compartir ese rato de intimidad en el que se comparten ideas y experiencias. Y el fruto de ese encuentro es la satisfacción de sentirse apoyado, alegría de saber que alguien está en nuestra misma onda y que va a caminar a nuestro lado, pero que lo va a hacer libremente.
En infinidad de ocasiones le ponemos condiciones a Dios en nuestra oración, ha de estar a nuestra disposición y actuar en aquello concreto que le pedimos y de la forma exacta en que se lo pedimos. Y si Dios no actúa, tal y como le hemos dicho, nos sentimos ignorados y abandonados por él.
Pero Dios siempre escucha, siempre actúa. Pero lo hace a su manera, nos concede aquello que él sabe que necesitamos, lo que necesitamos de verdad. Aunque esté a años luz de nuestra petición concreta. Pero nos concede lo que nos va a engrandecer, nos va a allanar nuestro andar por la vida, nuestro acercarnos a él, va a incrementar nuestra intimidad con él.
Estamos en las semanas de la misiones, las semanas del Domund. Es uno de los momentos en que se nos recuerda el mandato de Jesús de que sea anunciado a todas las gentes, en todas las tierras y en todos los tiempos.
Para este mandato lo primero es la oración. Pero una oración hecha vida, no es sólo ponernos muy compungidos de rodillas y “echarle unos cuantos padrenuestros” para pedirle por los misioneros que “están en América bautizando a los chinitos de África” como me dijo en una ocasión un niño.
Nuestra oración ha de ser un hablar con Dios, al mismo tiempo que ponemos en sus manos lo que somos y tenemos para que Dios sea conocido y amado en todas partes del mundo. Trabajar con denuedo esforzarnos en una constante colaboración con aquellos que, en todo el mundo, anuncian la palabra y la persona de Jesús.
Porque nuestra oración no la podemos separar de la vida. Moisés oraba a Dios por su pueblo, pero estaba allí, acompañándolo en su lucha, andando con él por el desierto, conduciéndolo por la ruta que Dios había Marcado.
El juez inicuo cedió. Pero cansado y asustado de ver allí a la viuda que le pedía justicia.
Dos escucha nuestra oración, cuando ésta va acompañada de un modo de vivir según su voluntad. Cuando nuestra oración se apoya en un vivir según su plan. Lo contrario no sería oración, sería desfachatez, caradura.
Hace poco, meditando estas lecturas con las abuelas de “Vida Ascendente”, mujeres llenas de esa experiencia sabia que dan los años, veíamos que Dios escucha siempre, que interviene siempre, pero según Él, según Dios, que es quien sabe perfectamente cuales son nuestras autenticas necesidades, no nuestras apetencias momentáneas y, en la mayoría de los casos muy egoístas, pues sólo es nuestra felicidad personal la que nos motiva. Y Dios también quiere esa felicidad para nosotros, pero al mismo tiempo de la felicidad del resto de nuestros hermanos.
Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 7 de octubre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 9 de octubre, Vigésimo Octavo del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTIOCHO DEL TIEMPO ORDINARIO

La gratitud ha de ser lo que motive constantemente nuestro vivir. Todo lo recibimos, todo lo que tenemos nos viene de fuera. Comenzando por nuestra propia existencia y nuestra persona. Por el aire que respiramos, el sol que nos calienta, la tierra que nos sostiene, los medios que nos permiten vivir. Todo se nos da sin que podamos merecerlo, porque no hay precio para la vida, para la felicidad, para la paz. Sin embargo nos comportamos como si todo lo mereciésemos, como si los otros estuviesen obligados a hacernos felices, como si mereciésemos todo, como si fuésemos acreedores del servicio de los demás, cuya obligación es nuestra dicha personal.
Jesús tiene un gesto de misericordia para con aquellos leprosos. Nueve de ellos reciben la salud como un derecho, son del pueblo santo, Dios tiene la obligación de cuidarlos a ellos. No ven ese don como un regalo maravilloso e inmerecido, como un gesto amoroso hacia ellos. Por eso no sienten la necesidad de la gratitud.
Pero el décimo si lo ha captado, si es consciente de esa gracia que ha recibido. Sabe que quien lo ha curado lo ha hecho por puro amor, porque sólo el amor es el que da a cambio de nada. Bueno a cambio de nada no, a cambio de la felicidad de la persona amada, y Cristo lo ama. Reconoce y agradece, porque la gratitud es el mayor antídoto contra la soberbia. La gratitud es realista, pone las cosas en su sitio y nos hace ver que somos menesterosos del hermano, que lo necesitamos, que nos es imprescindible para podernos sentir personas de verdad.
Y si la gratitud es necesaria ante el prójimo que nos da su amistad, ante Dios es una necesidad imperiosa.
Y no sólo porque todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido de él, sino porque es el único que nos puede abrir el camino de la eternidad. Gratitud ante el Dios de misericordia que redime, ante el Dios que, sin necesitarnos para nada, quiere ser nuestro compañero en el andar por la vida.
La última frase de Jesús al samaritano está llena de interrogantes. El samaritano ha reconocido a Jesús, quien es y se postra a sus pies. El samaritano cree en Jesús, y esa fe lo mantiene unido a él, esa fe ha sido su salvación. Pero no sólo de su enfermedad, sino de todo lo malo que lo acecha. Ha reconocido a Jesús y su gesto de gratitud le salva.
Y no queda mas remedio que hacernos una pregunta: ¿Cómo quedan los otros que no han reconocido ni a Cristo ni su milagro de amor?
Y esto es lo que, más o menos, yo predicaría en la misa del domingo. Pero si estuviésemos en ese grupo en el que nos solemos reunir, mi pregunta sería que mirásemos a nuestro alrededor desde pequeños, ver las cosas que hemos tenido, la de gente que se ha esforzado por nuestro futuro, la de gente que hoy está a nuestro alrededor sin parar de darnos cosas.
Porque hemos llegado a pensar que el que vayamos con nuestras carteras por delante ya es suficiente. Desde el panadero que se levanta a las tres de la mañana para que tengamos un pan bueno y recién hecho. Estamos perdiendo el sentido de la gratitud y al perder ese sentido parece que todo nos lo merecemos, hasta el mismo Dios tiene la obligación de darnos la vida eterna, para eso nos hemos portado bien… creo que hemos olvidado ser personas, lo más importante, lo que nos hace ser imagen y semejanza de Dios.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 30 de septiembre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 2 de octubre, Vigésimo Séptimo del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTISIETE DEL TIEMPO ORDINARIO

La fe no es cegazón, no es ir con los ojos cerrados a donde el otro te mande. Le fe es confianza. Es saberse amado por Dios en toda su intensidad. Es saber que ese amor te va a lleva siempre por el camino más seguro. Es aferrarse con todas nuestras fuerzas a esa barca en la que, a pesar de las más horribles tempestades, siempre vamos a navegar seguros. Es confiar en que ese Dios que nos llama a su lado, no ofrece el único camino posible hacia la felicidad total y verdadera.
Pero todo eso que el Padre nos da es un regalo, algo que ni merecemos ni podemos comprar. El ejemplo del esclavo, que no debía esperar gratitud de su amo por hacer lo que debía, nos recuerda la gran magnanimidad de este Dios que nos sale al encuentro, que nos lo da todo sin que podamos hacer nada para merecerlo. Que nuestras buena obras y nuestra vida justa, sólo tienen como fruto nuestra felicidad personal y comunitaria.
Por eso en Dios sólo podemos ver don, gratuidad, generosidad ilimitada. Porque el Padre es amor ilimitado hacia cada uno de nosotros.
Es por lo que tenemos que comenzar experimentando ese amor de Dios a nosotros. Ese Dios que no nos necesita para nada, pero que nos ama, porque es todo lo que es, amor sin cotas, sin fronteras.
Y cuando experimentamos ese amor, al acto de fe es lógico, se cae a su peso, una consecuencia irrefutable.
Cómo no creer, no confiar, total y absolutamente, en alguien que se nos da de esa manera. Cómo no creer en aquel de quien recibimos todos los bienes, comenzamos por nuestra propia persona y terminando por nuestra eternidad.
Esa fe basada en un amor así mueve montañas, planta higueras en el mar y hasta en la luna.
Esa fe nos hace saborear en su totalidad este momento que siempre es esperanza e ilusión. Esperanza en que las promesas se han, cumplido para todos nosotros, para los hombres y mujeres del pasado y para los del futuro. Ilusión que nos permite mirar el mañana como algo radiante, magnífico luminoso.
Porque la fe a la que Jesús nos invita se basa en su persona, en su triunfo sobre la muerte, en su victoria definitiva sobre el mal y lo que lo representa, en su estar por encima de la tristeza y el desaliento. Una fe que mueve las montañas del alma y que nos lleva a estar por encima de todo, pudiendo mirar cara a cara al mismo Dios, porque así lo ha querido Él
Todos tenemos experiencia de haber plantado un tallo o un esqueje de una gran planta en un pequeña maceta. Al principio la planta crece bien, pero al poco revienta la maceta y hay que llevarla a un recipiente muchísimo mayor para que se pueda desarrollar. Incluso al suelo para que nos cubra y nos de sus frutos abundantes para todos.
La fe cae en nuestros pequeños corazones, es donde Dios la siembra el día de nuestro bautismo, y, a poco que la cuidemos se sale por todas partes, todo lo invade, todo los trasforma. Nuestros hogares, nuestros trabajos, nuestra vida social. Y todo nuestro ser y nuestro entorno toma un color distinto, el color de Dios. Por eso si esto no ocurre, y la fe no sale de nuestras pequeñas devociones y de nuestra pequeña vida pastoral, es porque la tenemos constreñida, ahogada, y la debemos dejar que brote con fuerza, todo lo invada y todo los trasforme.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 23 de septiembre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 25 de septiembre, Vigésimo Sexto del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTISÉIS DEL TIEMPO ORDINARIO

Cuando miro a las familias que atiende Cáritas, no puedo evitar una sensación de vergüenza. Viven en nuestro pueblo, nos cruzamos con ellos, los niños van al colegio Garcilaso, son vecinos nuestros, nuestro día a día. No son gentes lejanas, en tierras remotas, de países en situaciones especiales. Son los nuestros.
Por eso veo con emoción y gratitud como el equipo sigue más de cerca los casos en los que hay niños, para que tengan una alimentación, dentro de nuestras posibilidades, lo más completa posible. Lo comentaba en una preparación de bautizos y se extrañaban que estos casos ocurran aquí, “en Griñón”.
Porque el rico del evangelio no hizo nada de malo. Vivía en su mansión, sin meterse con nadie, el dinero con que banqueteaba y se daba lujos era suyo, no se lo había robado a nadie. Cual fue su pecado, por qué Dios lo manda lejos de si. Un corazón seco, el veía, como nosotros lo vemos constantemente, la pobreza y la miseria. Era consciente, como lo somos nosotros, de que su ritmo de vida lo llevaban muy pocos. Pero cerraba los ojos, no veía, porque no quería, como aquellas personas de mi reunión, lo que le molestaba, lo que le podía inquietar su conciencia, lo que podía hacer que su banquete “se le indigestase”. Para eso lo mejor era no saber, no quería saber para no tener que interpelarse, para no tener que hacer un examen de conciencia, para no verse culpable al sentir que estaba consumiendo lo que era del otro, para no sentir que su despilfarro, sus lujos, eran el hambre del hermano. Había abierto una sima infranqueable, un abismo de desamor.
Y ese abismo de desamor lo mantiene alejado de Dios. Y ve a Lázaro en el seno de Abraham, en el amor de Dios que nunca le faltó, en la cercanía de ese Padre que siempre estuvo a su lado.
Porque Dios pasa hambre en el hambriento, soledad en el abandonado, injusticia en el marginado. Dios sigue tendiendo la mano mendicante a nuestras conciencias. Pero hemos abierto una sima tan profunda que no nos llega, un abismo tan infranqueable que impide que la ternura ablande los corazones que se han ido quedando secos poco a poco.
Es el abismo que separaba al rico de la parábola de Jesús, del pobre Lázaro. Y cuando pide el consuelo se le dice que es imposible, la sima que él abrió no se puede cruzar.
Es curioso que la parábola de Jesús sea la realidad que nos rodea hoy, tal vez con más fuerza que nunca, con más virulencia y crueldad que nunca. Pero también la sima es más amplia y profunda. Vemos a los Lázaros de hoy, desnudos y hambrientos, enfermos y solos. Y lo más que nos permitimos es arrojarles las migajas de nuestras mesas (un bocadillo a los pobres), haber si les llega. Sin darnos cuenta de que, en realidad, de quien nos estamos alejando es del corazón amoroso de Dios que vive en el pobre.
Por eso yo añadiría una novena bienaventuranza. Bienaventurados los que nunca cerraron los ojos ante la pobreza y el dolor que les rodeaba, los que siempre miraron para descubrir las injusticias y las marginaciones, los que fueron conscientes de que aquello que despilfarraban y gastaban de un modo absurdo, era causa del dolor de los hermanos más desposeídos y débiles, viéndose injustos y autores de ese dolor.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 16 de septiembre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 18 de septiembre, Vigésimo Quinto del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTICINCO DEL TIEMPO ORDINARIO

Jesús nos ha estado hablando de ir ligeros de carga para poder entrar por la puerta estrecha. Pero es realista, sabe de nuestras debilidades y, no pocas ocasiones, de nuestra desfachatez a la hora de acercarnos a Él.
Estamos en un momento que al sagaz, al astuto en los negocios se le admira y casi se disimula el modo de ir triunfando por la vida, tantas veces la falta de escrúpulos para conseguir el fin que se proponen.
Jesús ironiza, aunque admira la astucia del mayordomo que falsifica la contabilidad de su amo, con lo que es el dinero injusto, e incluso deja caer que a ese dinero se le puede dar un buen fin.
Pero tiene muy claro lo que son las riquezas, el modo de esclavizar a la gente, el modo en que se llega a justificar el lujo y los caprichos absurdos, que los vemos como necesarios (esta casa, este coche, este viaje, estas vacaciones, etc.), como un derecho, porque “lo hemos sudado”.
Y lo bueno es que nos dirigimos a Dios, rezamos, participamos en el culto, sin ceder en nada ni para. Es la astucia de los hijos del mundo, de aquellos que se han dejado en las manos del “otro” que hace ver esa situación como un logro moral y humano, el premio a nuestra lucha, a nuestras capacidades.
Pero no nos hace ver lo que se podía lograr poniendo esas capacidades, esa lucha, para que el Reino de Dios, el reino de la justicia, se vaya estableciendo en el mundo.
Y no es cuestión de pasar nosotros necesidades, eso es algo que Jesús no nos pide, es de saber luchar, esa lucha en el logro de un mundo fraterno, de una sociedad de hermandad.
Es el momento en el que nos recuerda nuestras infidelidades, nuestras incongruencias, el no entender ni desenmascarar las intenciones del demonio que nos va atando y esclavizando poco a poco. Que va impermeabilizando el alma de tal modo que ya no la pueda calar ningún tipo de ternura, que no pueda captar el sufrimiento del hermano que nos necesita.
Un alma impermeable que se convence que está al servicio del Señor y sólo está al servicio de sí misma. Por eso es preciso saber donde estamos, a quien servimos, dónde y para qué estamos volcando nuestro esfuerzo, cuales son los frutos, quien es el benefactor definitivo de esa lucha, de ese esfuerzo.
Si miramos a nuestro lado y vemos a los más sencillos, a los más necesitados sonriendo, alegres de nuestra presencia, nos vemos uno más con ellos. Estaremos en el bando del Señor.
Pero si nos rodeamos de “los nuestros”, los que son como nosotros, los triunfadores. Si nos vemos felices y satisfechos y miramos nuestros logros con satisfacción. Si dormimos felices en nuestra buena cama, de nuestra buena casa, con nuestras buenas cosas…
Porque el mundo no es así. No es nuestras casas, nuestras cosas, nuestras comodidades. El mundo está esperando que se establezca el Reino de Dios. Un reino de justicia, de igualdad y de paz. Un mundo en el que la economía no sea el motor de todo, la que todo lo mantenga y la que todo tenga un valor material. Sino un mundo en el que prive el corazón de las gentes, en el que lo importante sea la vida, pero no una vida cualquiera, sino la vida compartida con el hermano según Cristo.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 9 de septiembre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 11 de septiembre, Vigésimo cuarto del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTICUATRO DEL TIEMPO ORDINARIO

Dios no se cansa de nuestros fallos, de nuestras traiciones e indiferencias, de nuestras negaciones y abandonos. Siempre nos espera con los brazos abiertos, siempre quiere que estemos con él, nunca se deprime con nuestras aparentes conversiones y con nuestros continuos abandonos. Siempre perdonando, siempre acogiendo, siempre esperando con la ternura y la sonrisa de ese Padre que sólo sabe amar. Que siempre espera nuestro retorno sentado en la puerta de la esperanza.
Y eso es lo que nos descoloca, lo que nos debe avergonzar, porque si tras el pecado, tras la traición, viniese el castigo fulminante, de algún modo nos veríamos justificados, abríamos “empatado”, tendríamos la paga al daño inferido.
Pero es todo lo contrario. A cada desprecio Él responde con una caricia, a cada traición Él responde con fidelidad. A cada abandono el responde esperando, siempre esperando para recibirnos con los brazos abiertos y la más maravillosa de las sonrisas.
Y comienza la fiesta, y se felicita porque nos ha recobrado. No hay memoria de nuestro pecado ni de nuestra traición, ya no se siente el vacío del abandono. Es la fiesta por el retorno, la alegría de volver a vernos con él. No se recuerda la soledad, ya no existe, es la fiesta del encuentro. Porque en el corazón de Dios sólo cabe el amor y la misericordia inagotable.
Por eso le apena que aquellos que “siempre han estado con Él” no se alegren por el hermano recobrado, no participen en la fiesta de volver a tener al que estaba perdido.
Le echamos en cara que nosotros que “siempre hemos estado con Él”… Como si el haberlo hecho hubiese sido un duro trabajo que merece recompensa. Sin darnos cuenta que nuestro premio, nuestra recompensa ha sido precisamente eso, estar con Él, gozar de su compañía que es el mayor gozo imaginable, amando y perdonando, que es el culmen de todas las dichas.
Y unirnos a la fiesta por el hermano encontrado, ser parte de la fiesta, ser la misma fiesta que desborda de alegría, porque ahora si estamos todos.
Pero si nos entristecemos porque se acoge al que se fue, se perdona al que pecó, se hace fiesta porque ha vuelto el perdido. Es que nunca hemos sabido lo que era el amor de verdad. De algún modo hemos estado alejados, hemos vivido fuera, si no en lo práctico, si en el corazón, y debemos buscar el camino para volver a encontrarnos con el Padre, buscar esa senda que nos acerque a la casa común. Esa casa que es el corazón amoroso de Dios, en el que no se pregunta quien llegó primero, sólo se celebra que estamos todos juntos.
Sin embargo la imagen del hermano mayor es demasiado común entre todos los creyentes. Queremos el premio inmediato a nuestras buenas accionen, que Dios se ponga a nuestro servicio tras nuestras oraciones premiándonos con la concesión de nuestra petición de forma inmediata. Incluso nos escandalizamos y mucho si vemos que a aquellos a los que nosotros consideramos “malos”, les van las cosas mucho mejor que a nosotros, que se les perdone y se les acoja con alegría festiva.
Por eso nos perdemos la gran dicha, la gran fiesta, de la vuelta del pecador arrepentido, del hermano que se había ido y ha vuelto, del hermano que se nos había perdido y lo hemos recuperado.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 2 de septiembre de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 4 de septiembre, Vigésimo Tercero del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTITRÉS DEL TIEMPO ORDINARIO

El evangelio de hoy, continuando la línea de la semana pasada, nos recuerda que Jesús no se conforma con mitades, nuestra respuesta de seguimiento ha de ser definitiva, tajante. Esperará lo que sea preciso, pero no se conformará con indecisiones, con dudas, con apaños. Cristo, como aquellos de la anécdota nos pide un si o un no, una respuesta clara y contundente.
Estamos en un mundo en el que lo postura de los cristianos es oscura, mediocre. Nos confesamos seguidores de Cristo, pero convivimos con un mundo de pecado con una tranquilidad pasmosa. Decimos de amar la cruz, pero buscamos el mayor placer material y físico posible.
En un porcentaje altísimo hemos convertido el cristianismo en una simple religiosidad. Religiosidad en la que cumplimos con diferentes aspectos de culto (misas, rezos, oraciones, “caridades”…), pero en nuestro modo de desenvolvernos en la sociedad no nos distinguimos del ateo, del indiferente, o de aquellos que viven otros credos.
Somos creyentes que hemos puesto una especie de aduana. Hasta aquí Dios y a partir de aquí mi vida, cuidando mucho de que no se mezclen ni se interfieran.
Resumiendo, nos hemos fabricado una inmensa mentira, en la que queremos convencer al mismo Dios de que ha de salvarnos a nuestro estilo, que ha de considerarnos bienaventurados recibiendo sólo aquello que estamos dispuestos a dar, en todos los aspectos de la vida. Y advirtiéndole que si se pasa en sus exigencias se puede quedar sin nada.
Pero Cristo nos dice que sólo hay un camino para estar con él, para caminar a su lado. No permitir que nada nos ate, no permitir que nada se interponga entre él y nosotros, que no haya ninguna esclavitud que nos tenga sometidos a “otro” que no sea nuestra libertad, con la que Dios nos creó, con la que somos su imagen y su semejanza.
Cristo nos quiere con nuestra cruz de cada día, es decir, con nuestra realidad para poder caminar a su lado, con nuestras grandezas que nos aproximan, que nos hacen fraternos con él mismo. Y con nuestras miserias para ser redimidas por su pasión y su cruz.
Cristo nos quiere a su lado, si optamos por él por encima de todas las cosas, si no vemos otro Salvador que el mismo Cristo, asumiendo su palabra y su persona en totalidad, pero con la totalidad de nuestro ser, no por raciones, dándole a él “algo”, lo que nos interese y lo que no nos incomode, totalmente.
Y esa totalidad es, repito, con nuestra cruz personal. El Señor no ha renunciado a su cruz, a esa cruz redentora. Una cruz que al mezclarla con la nuestra es nuestro camino de salvación, es el camino de la alegría perfecta. Aquí en la tierra, porque no hay gozo mayor que andar nuestra vida en la compañía de Jesús, siendo uno con él, compartiendo nuestro ser con él. Para que, con él, nuestra cruz se convierta en Pascua.
Porque la cruz de Jesús es redentora siempre, y la nuestra portada a su lado se convierte también en redentora. A partir de ese momento su peso es muy ligero, como es muy ligero el peso de todo aquello que se lleva por amor. Entonces las crisis son ligeras porque ya no hay ningún desierto que cruzar, porque cuando nuestra cruz lo hacemos con Jesús, todo se va convirtiendo en vergel, un oasis que nos llena de paz y esperanza.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 26 de agosto de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 28 de Agosto, Vigésimo segundo del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTIDÓS DEL TIEMPO ORDINARIO

Jesús habla de humildad. Humildad viene de humus, tierra. Y no quiere decir que seamos tierra, sino que tengamos los pies puestos en la tierra. Conscientes de nuestras grandezas y de nuestras miserias. Pero en ambos casos necesitados de Dios.
Para remediar nuestras miserias, para pedir perdón y misericordia por nuestros defectos y el dolor que ocasionan a los demás esos defectos. Para aprender de esos defectos, saber que siempre son instrumento del maligno que nos entra por ese lado, el más débil, el de nuestro orgullo y nuestra vanidad y desde ese punto se va adueñando de nosotros hasta desfigurarnos.
Pero también ser realistas en nuestros dones y grandezas. De Dios los hemos recibido y a Él se los debemos, de Dios los tenemos y nos los ha dado, no para nuestra vanagloria, sino para ponernos al servicio de los demás, para que den ese fruto que Él espera y que debe alimentar a todos.
Porque la humildad, el realismo, el saber tener los pies puestos en la tierra, nos ahorra tantos sufrimientos, tantos sinsabores. Como puede ser que nos hagan ver nuestras limitaciones, nuestras deficiencias. Es decir, nos tiren del pedestal y nos hagan andar a la altura de los demás, que es nuestra altura.
Pero no nos equivoquemos. Que a veces la humildad la utilizamos para destacar, para que la gente nos diga lo mucho que valemos y que nosotros no vemos, para que nos suban al pedestal. Esa falsa humildad, no deja de ser otra cara de la prepotencia, de la soberbia.
Dios no nos ha hecho para estar encogidos en un rincón, sino para salir a las plazas y a las calles, a todos aquellos que nos quieran oír. Levantar la voz para ser heraldos de su verdad, denunciar la injusticia donde quiera que esté, es decir, no callarnos “ni debajo del agua”. Pero con la verdad de Cristo, con su paz y su justicia. Ser instrumentos felices y libres en sus manos, barro blando para que Él lo vaya moldeando a su gusto, según su voluntado. No, no estamos para estar encogidos en un rincón.
Pero sabiéndonos sus criaturas. Porque Dios no ha preparado su banquete para los prepotentes, los “listos”, los enchufados… Sino que sale a los caminos y lo llena de los que no cuentan para el mundo, de los que molestan, los que son rechazados, los viste de gala y los va sirviendo. En ellos Dios se complace y les demuestra a los poderosos su poco valor.
La humildad, la auténtica humildad, es el mejor instrumento del hombre ante Dios. Me preguntaron en una ocasión, qué significaba “ir humilde con tu Dios”. Yo les dije ser conscientes que Él es Dios y tú no.
Por Eso hemos de ir con la cabeza muy alta, sabiendo lo incuestionable de estos principios, de esta persona que da sustento a nuestra vida, Jesús de Nazaret, de que Él es el sostén de todo. Pero cuando alguien se acerque a nosotros, que se encuentra a alguien sencillo y y cercano, con quien de auténtico gusto hablar, con quien de auténtico gusto estar. Los primeros a la hora de servir, de ser solidarios, los primeros a la hora del perdón y la misericordia. Humildes de verdad, pero viviendo con la plena convicción de que hemos escogido el mejor camino. Y como somos pecadores, gente que falla y peca, en una constante reconciliación con Dios y con los hermanos. Al mismo tiempo ya que el amor a Dios y al prójimo no son separables.

Santiago Rodrigo Ruiz

viernes, 19 de agosto de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 21 de Agosto, Vigésimo primero del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTIUNO DEL TIEMPO ORDINARIO

A Jesús le preguntan quienes son los que van a salvarse, pero él no les da una respuesta fácil, no les dice haced esto y esto, para poder pasar a la vida eterna, sino que les indica que no existen unos salvados oficiales. Él está hablando a una gente que pensaba que por el hecho de pertenecer al pueblo de Israel, ya estaban salvados.
Pero hoy nos está hablando a nosotros, a la gente de hoy. Los que más practican, los que más rezan, los que más actos de piedad realizan, no están salvados sólo por eso.
En la línea de la semana anterior, Jesús no se conforma con la tibieza, no podemos ser cristianos que adoran a todo lo que se ponga por delante, que rinden culto a cualquier cosa.
Ser cristianos con las cosas claras, sabiendo que la vida eterna es una labor del día a día. Pero no sintiéndonos salvados por eso, como los judíos, sino confiando en la misericordia de Dios, el único que puede salvar.
Pasar por su puerta, por la puerta estrecha, la puerta por la que sólo cabe el amor y la misericordia. La puerta por la que no caben los bultos de rezos y devociones vacías. La puerta por la que no caben “los de siempre”, sino los que siempre han amado.
Quedarse fuera quien siempre tiene a Dios en los labios, pero no en su vida. Quedarse fuera los que juzgan con fiereza los defectos del hermano, pero nunca mira en su propio interior, en los rincones del alma. Quedarse fuera los que se confiesan de sus pecadillos, pero nunca quieren hacer examen de conciencia porque temen ver un alma egoísta, que sólo se ha adorado a si mismo y ha adormecido la conciencia con “caridades”.
Luchar por entrar por la puerta estrecha. Y para caber por esa puerta hay que liberarse de toda la morralla religiosa. No es cuestión de “ir a misa”, sino celebrar la eucaristía como la fiesta de la fraternidad con el hermano, en este Dios que se nos hace presente. No es cuestión de llenar el día de “rezos”, sino de una oración que me mantiene unido al hermano y con él a Dios. No es cuestión de “caridades”, sino de compartir con el hermano que nos necesita lo que somos y tenemos.
Si queremos caber por la puerta estrecha, si queremos ser reconocidos como los de Cristo, lo tenemos muy fácil. Recuperar la belleza con la que salimos de las aguas bautismales, darnos enteramente al amor y a la misericordia, y dejarnos confiados en las manos de Cristo. Pues él es el único Salvador, el único autor de vida eterna.
Así, pues, tenemos que elegir la puerta estrecha que nos enfrenta con nuestra propia conciencia. La entrada en el Reino no es más difícil para unos y más fácil para otros. Es tan fácil o difícil como la vida misma de cada uno, con sus aciertos y sus errores, con sus grandezas y sus miserias. La puerta del Reino de Dios es la misma vida que debemos construir paso a paso, mejorándola y corrigiéndola, dejándola llenarse del Espíritu, en el día a día. No es cuestión de pensar si uno se va a salvar o no, sino vivir como salvados, llenos de la misericordia de Dios. Haciendo de nuestro vivir una ofrenda a la misericordia de Dios, junto al hermano.

Santiago Rodrigo Ruiz

sábado, 13 de agosto de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del lunes 15 de Agosto, Solemnidad de la Asunción de la Virgen María

ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA 

Cuando se va leyendo el Magníficat uno va sintiendo una cierta desazón, una inquietud, un descolocarnos que nos lleva a sentir una vergüenza infinita, al ver lo que estamos haciendo con el Evangelio y encima tenemos la desfachatez de llamarnos cristianos.
La Virgen María, la más grande de todos los nacidos, la que el Señor cuida desde el principio de los tiempos, se llama “la esclava”. Mientras que nosotros siempre queremos que se nos sometan todos aquellos que piensan y sienten distinto. Nos sentimos señores sin aceptar una contradicción y miramos con desprecio a los “otros”, a los “equivocados”.
La Virgen María siempre se ofreció como un instrumento, libre, en las manos del Señor. Para que él dispusiese de su libertad. Para que obrase como quisiese por su medio, que la utilizase a su voluntad, barro blando en las manos del Señor, sin ofrecer resistencia. Porque sabe que Dios es amor y misericordia y todo lo que salga de su corazón es felicidad para todos.
La Virgen María sabe que nuestros valores, que nuestras escalas de importancia, no son los suyos. Que Dios va a descolocarlo todo, que le va a dar la vuelta a la cosa. Que a los “importantes” él los va a medir con el rasero de la bondad de su corazón, esa es para Dios la única importancia, el único valor que se mira.
Que aquellos que son humildes, los que saben de sus grandezas y sus miserias, los que comienzan cada día pidiendo ayuda para iniciar la tarea, pero que son ellos los que mueven el mundo, los que lo llevan adelante, pero sin mirar en su propio beneficio, sino en el bien común. A eso es a los que el Señor levanta del polvo y los pone junto a si, porque sabe que sólo ellos van a llevar adelante su plan de salvación preparado desde el principio de los tiempos. Y los llena hasta el colmo de sus bienes.
Como decía aquel amigo, a la Virgen María se le entienden todas las cosas, se sabe perfectamente por donde va y cual es el camino que Dios quiere para nosotros.
Por eso Dios la cuidó y la protegió en todo instante. El pecado no encontró espacio en ella, y la muerte no pudo desfigurarla. ¿Cómo iba a deformar la muerte ese cuerpo que fue el sagrario donde se alojó el mismo Dios? El tabernáculo maravilloso donde la Palabra eterna tiene el más grande de los espacios.
Pero lo más grande, es que con ese camino que María estrena hacia el cielo, es la senda por donde hemos de ir todos, el camino que nos va a llevar a la presencia del Dios de las misericordias, donde todos somos felices y que Ella abre para que la podamos seguir.
Porque mirad, “asunción” no es salir para ningún lado, lanzado como un cohete hacia el especio. Asunción la misma palabra los dice. Es asumir, es hacer propio, es ser parte del mismo Dios, es que toda nuestra existencia, todo nuestro ser, haya asumido a Dios.
Y nadie ha asumido a Dios de una forma más perfecta que la Virgen María. Por eso Dios no permite que su Madre, aquel seno que le dio vida, que es carne de su carne y sangre de su sangre, rozase ni de la forma más leve la corrupción del sepulcro. Era la manifestación más perfecta de la vida. Por eso el Señor de la vida la puso junto a sí, para que junto al trono de Dios lata un corazón humano.

Santiago Rodrigo Ruiz

jueves, 11 de agosto de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 14 de Agosto, Vigésimo del Tiempo Ordinario

DOMINGO VEINTE DEL TIEMPO ORDINARIO

Todos queremos la paz y la armonía, pero no a cualquier precio. Todos queremos llevarnos muy bien con todos, pero no podemos condescender con todos ni con todo. Son tiempo de definirnos, de hacer una opción clara por Cristo y su Evangelio.
Son tiempos de denunciar claramente la injusticia, los abusos, la corrupción, el pecado en suma. El cristiano ha de ser una persona de paz, pero desde una confrontación clara con un mundo que quiere borrar a Dios de todos los ámbitos sociales. Una confrontación con aquellos que están empeñados en borrar todos los valores, en devaluar todas las virtudes.
Tenemos que ser gente polémica en nuestro estilo de vida. El cristiano ha de llamar la atención en su estilo, ha de chocar con el modo de vida de los demás, ha de molestar a todos los que quieren ir de buenos sin renunciar a nada de este mundo egoísta y consumista.
Porque podemos ser causa de escándalo y decepción de aquellos que quieren buscar a Cristo, de aquellos que tienen necesidad de Dios en sus vidas. En una ocasión fui testigo de una disputa de un adolescente y su madre, que le regañaba por no haber ido a misa el domingo. El chaval le respondió: .-Si tú, que dices ser católica practicante, vives igual que la tía Enriqueta que es una atea convencida, para qué me sirve a mi tu fe-.
Ese puede ser el gran problema, que nuestra comodidad, nuestra indiferencia, se convierta en un auténtico fariseísmo.
No nos tiene que dar miedo enfrentarnos a quienes niegan la presencia de Dios en el mundo. Nuestro martirio es necesario. Si no un martirio cruento, si un martirio sociológico. Ser causa de ataques, de desprecios. De marginaciones por la fe en Cristo. Por vivir según él nos dejó marcado, por defender a nuestras creencias, tanto con la palabra como con el estilo de vida. Que incomodemos a todos los que viven sólo para ellos, a todos los que no son capaces de tender la mano al hermano que suplica, a todos los que quieren sembrar una cultura de muerte.
Que incomodemos a los que piensan que el mundo está para su exclusivo placer, a todos los que se han fabricado su propio Dios y lo adoran sin necesidad de amar al prójimo.
Que prendamos fuego al mundo. Pero con el fuego del Espíritu, ese fuego que arde en todos los corazones generosos, en todos los corazones compasivos, en todos los corazones que no se conforman con que el dolor campe a sus anchas y se empeñan en ser bálsamo saludable para todo el que sufre.
Es cierto que este amor va a encontrar una férrea oposición. Es un tiempo de lucha para que el Reino de Dios encuentre un espacio en todos. Y en esa lucha está Cristo, hombro con hombro con nosotros.
Jesús ha encendido el fuego y hoy se nos invita a mantenerlo encendido. Un fuego que si está prendido dentro de la Iglesia debe quemar todas las religiosidades vacías, todas las cobardías y todas las condescendencias con este mundo que sólo piensa en el propio placer, por muy pasajero y caro que sea. Un fuego que le haga arder a nuestros corazones con la pasión del Espíritu, de tal forma que todo el que se acerque a nosotros sienta su fuerza y su calor, se prenda de él para arder también en ese fuego de vida y renovación.

Santiago Rodrigo Ruiz

sábado, 6 de agosto de 2016

Comentario de D. Santiago a las lecturas del domingo 7 de agosto, Décimo Noveno del Tiempo Ordinario

DOMINGO DIECINUEVE DEL TIEMPO ORDINARIO

Recuerdo en una ocasión, un funeral muy especial. En aquella zona los entierros eran acontecimientos sociales. El velatorio era la noche entera todos los vecinos y el entierro acompañado por todos, a la iglesia y al cementerio, a donde se le llevaba el ataúd en hombros. Pero murió el Tío lobo (su apodo era más feo aún). Nadie recordaba ni una palabra amable de él. Echó de su casa a sus hijas y a su mujer, que se fueron del pueblo y cuando quisieron verlo, en varias ocasiones, no las recibió. Murió solo y el funerario tuvo que contratar a dos jóvenes para que le ayudaran, no hubo ni una persona para llevar la cruz, fui yo solo. Echaron el ataúd a un remolque tirado por un tractor y fuimos para la Iglesia y en la puerta me dicen: .-D. Santiago, récele lo que quiera aquí fuera, que no lo vamos a pasar dentro, que a este… le hemos hecho muchos más honores de los que se merecía-. Montaron y se fueron al cementerio, mientras veía como el ataúd rebotaba solo en la caja del remolque.
Y pensé que vendrían sus hijas y su mujer, a las que odiaba y, como herederas legítimas, se harían de todo, como así fue. Había acumulado dinero sólo para él, odió a todos y ese odio fue lo único que se llevó.
Con lo fácil que es acumular un tesoro de autentico valor, de un valor incalculable. Un tesoro que nadie nos va a poder quitar. Ese tesoro del que nos habla el Señor.
Una mano generosa tendida a aquel que nos pide una ayuda, compartiendo esos bienes que Dios nos ha dado para que los administremos en su nombre y los convirtamos en caridad y alegría.
Una sonrisa que sea bálsamo en tantos corazones tristes y vacíos que hoy deambulan por esta sociedad materialista que hemos creado.
Un compartir y acompañar a aquel que está pasando un momento de dolor y oscuridad. Ser compañero comprensivo y fiel, para que el otro no se vea solo. Ser la mano y el calor de Jesús para que salga de ese túnel, de esa noche oscura en la que vive, y salga lleno de esperanza.
Tener la Palabra de Dios como instrumento de apertura, para que todos los que han perdido el sentido a la existencia, encuentren una razón sólida y válida para andar por la vida.
Esto si que es acumular un tesoro, que no sólo nos hace ricos de verdad, sino que podemos enriquecer a todos aquellos que nos rodean.
Me vais a permitir que termine con una anécdota. No hace mucho fui a visitar a mis queridas Hijas de la Caridad y me quedé ayudando en el comedor social que tienen en esa casa. Vi que me llamaba un señor, que ayudaba y era distinto y me dice: .-Padre, que sentido del humor que tiene Dios. He sido un empresario de los muchos que quedaron sin nada. En mis buenos tiempos las hermanas me pidieron ayuda y siempre la negué. Cuando me hundí del todo me trajeron aquí, me dieron un techo, comida e ilusión. He recuperado gran parte de mi dinero, pero ya no puedo prescindir de esto, ahora sé en que gastarlo-. Cuando terminó el último turno nos sentamos nosotros a comer y habló mucho tiempo. Ahora si que es rico de verdad, ahora es cuando tiene un tesoro que ni la polilla corroe, ni los ladrones le pueden quitar. Su corazón si que está bien blindado, lleno del amor que da y del que recibe, sus bienes tienen un fin digno, sembrar alegría en los tristes y esperanza en aquellos que no saben que es eso.

Santiago Rodrigo Ruiz